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Hace unos días la imagen de un futbolista pateando a un compañero y arreando un puñetazo a otro ha sido fuente de debate en los medios deportivos y entre los aficionados. Por un lado, los que reclaman una sanción ejemplar y, por otro, los que son más benévolos o incluso justifican la conducta del deportista. Los hay que lo expulsarían de su equipo, del campeonato e incluso del país. Otros apelan a la locura, a la pérdida momentánea de control, en definitiva, utilizan argumentos que apelando a la falta de conciencia exculpan al jugador. Opiniones de todos los colores, como es natural, aunque todos coinciden en castigar este comportamiento. Difieren en la intensidad. Como suele ocurrir las diferencias se pueden calibrar en función de los odios, las simpatías y otros intereses bastardos que suelen impregnar cualquier debate que se precie sobre el deporte rey español. Esa pasión ciega con la que uno se suele aproximar a este juego.
Evidentemente este comportamiento extraño en el deporte, o así debería serlo, tiene que ser sancionado pero tendríamos que preguntarnos por la eficacia de estas sanciones a la hora de erradicar la violencia y la agresividad en el mundo del fútbol. Por supuesto que en la dimensión personal podrá servir a este jugador para no comportarse de forma tan violenta pero no tendrá ninguna repercusión en el clima de agresividad que rodea a este deporte. No digo que pueda tener alguna repercusión, es decir, que pueda favorecer la gradual desaparición de estos comportamientos, digo que no tendrá ninguna. Se podrá decir que ese no es el objetivo de la sanción y es cierto. El objetivo es penalizar un comportamiento indebido, simplemente, porque atajar el problema de la violencia no es una meta que interese al mundo del fútbol.
La existencia habitual de comportamientos antideportivos forma parte natural del deporte rey. La agresión de este jugador encaja a la perfección en el ambiente que se vive en los terrenos de juego y en las gradas. El insulto como economía del lenguaje, las agresiones entre jugadores y entre los aficionados, la competitividad visceral entre los equipos, la pasión ciega e irracional de los aficionados, los lanzamientos de objetos, las pancartas y símbolos agresivos, las declaraciones de jugadores y dirigentes, los medios de comunicación, los grupos ultras. Todo ello conforma el entorno alrededor del cual se pegan patadas a los balones. Por lo tanto, comportamientos como los del jugador Pepe no son, ni deberían serlo, extraños a este deporte. Forman parte del mismo y todos los jugadores, dirigentes, medios de comunicación y aficionados dan carta de validez a la aparición de estos comportamientos.
La sanción de este jugador sólo es una sanción más como la que han recibido cientos de jugadores. Si no existe una voluntad real por parte del mundo del deporte y del gobierno para erradicar definitivamente la violencia y la agresividad en el fútbol volverán a repetirse estos hechos. Y volveremos a escuchar los mismos debates vacíos de contenido. Nos centraremos en la conducta del jugador, le crucificaremos si hace falta en aras de mantener el statu quo, y nos olvidaremos de lo que le rodea, eso que hemos creado todos con nuestra ciega afición.
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