No entiendo por qué quieren que deje este saco de cebada. Ellos no saben donde colocarlo. Ni siquiera saben donde se encuentra el almacén. Además, es mi tarea. Pero estos principiantes me quieren dar clases de cómo se hace. Llevo treinta años trabajando en el campo, cultivando la bendita cebada que tanto bien ha traido a mi familia. Treinta años. Y ¿cuántos años tendrá este mocoso? No llegará a los veinte pero se permite el lujo de decirme dónde debo colocar este saco. Mis arrugas son tan profundas como los agujeros negros del espacio. Podrían absorber a cada uno de estos mastuerzos, ridículos infantes, presuntuosos maestros de la nada. Mi piel ha sido abrasada, año tras año, por la canícula del verano, barbacoa de los tiempos. Cada parte de mi ojo guarda una imagen, una imagen de la historia, de mi historia. Veo a mi madre desconsolada, agarrada con fiereza al trozo de papel de trágicas noticias mientras sus lágrimas resbalaban, como en el cine, a cámara lenta, salando cada uno de los poros de su piel, de su rostro. Veo a mi mujer, sus ojos temblorosos, sus labios serenos, su vestido blanco de novia, su amor. Veo la hambruna. Veo la muerte. Mis ojos del ayer me duelen de tanto ver, del recuerdo de tantos momentos tristes, porque los vivo de nuevo, los siento.
Aflojo y permito que el cojín se deslice entre mi costado y el brazo izquierdo. Abro los ojos legañosos y ya no recuerdo. Miro el rostro sonriente del blanco cuidador que me acomoda con paciencia en el duro sillón de tergal mientras su compañero aprieta las correas que se incrustan en mi esternón. Y así, ya no recuerdo, mirando al infinito, esperando exhalar mi último suspiro.
Cuando vi aquella rata enorme en mi habitación no daba crédito a mis ojos Vivía en uno de los barrios más lujosos de Dadeicus, la ciudad más famosa de toda Eneigih Famosa por sus monumentos, por su gastronomía y por tener la mejor clínica especializada en enfermedades venéreas, donde yo trabajaba, pero sobre todo era famosa por ser la ciudad más limpia del país Los únicos desperdicios que aparecían por Dadeicus eran los clientes de mi clínica y ahora, evidentemente, aquella asquerosa, repulsiva, repugnante y, sobre todo, enorme... ¡Mierda!
Cuando vi aquella rata enorme en mi habitación llamé al servicio de desratización municipal y tan grande fue mi sorpresa como mi cólera cuando comprobé que ese tal servicio había dejado de existir Llamé al Ministerio de Sanidad, al de Medio Ambiente Y nada, ninguno podía creer lo que les contaba En parte era razonable ya que en Dadeicus nunca, en toda su historia, había tenido problemas de este tipo pero, ¡Joder!, ¡Yo tengo una rata en mi casa!
Cuando vi aquella rata enorme en mi habitación pensé que no tendría problemas para deshacerme de ella pero ese mamífero roedor, que vive generalmente en los edificios y los barcos, nunca en Dadeicus, y que es muy perjudicial por su fecundidad y voracidad y porque es vehículo de enfermedades, tiene crías Intenté matarla pero, imposible, esa rata era peligrosa, me exponía a una mordedura, a una infección, a una enfermedad, a la rabia ¡Oh, Idos mío! la rabia
Cuando vi aquella rata enorme en mi habitación no sabía que me iba a ir destrozando poco a poco mi casa Sólo me quedaba el cuarto de aseo, mi último reducto, mi última esperanza, mi única salvación Durante los días anteriores había ido apilando los objetos más valiosos e importantes que tenía Por esto no podía abandonar la casa, eran mi materia, mi causa, mi motivo Si el monstruo seguía avanzando sólo me quedaba una solución, una pérdida
Cuando vi aquella rata enorme en mi habitación, morí
“Ya estoy tranquilo. Se fueron los nervios. Esto es mejor que una pastilla, que un calmante. Te quedas como nuevo. Recobras el equilibrio, recobras el control. No hay nada mejor que dejarse llevar por los impulsos en esos momentos en los que éstos son los verdaderos capitanes del comportamiento, los únicos que pueden resolver las dificultades, la solución. La mayoría de las personas se equivocan. Creen que la solución está en controlar sus impulsos, razonar, hablar, llegar a acuerdos… ¿Para qué? No tiene sentido. Existe un método más directo: la locura momentánea. Abandonar el control de tu mente, prestar las riendas a la insigne locura como paso previo a recuperar la estabilidad, el bienestar, la paz con uno mismo.”
El cielo estaba nublado, con dibujos multiformes de color oscuro. Gris era el color de aquella tarde de primavera. San Pedro Regalado gris y húmedo. Era domingo y los habitantes terráqueos de la ciudad se echaron a la calle. Paseaban por las grandes avenidas y las pequeñas callejuelas del centro, risueños. Las mujeres anadeaban orgullosas sus caderas, luciendo vistosos vestidos de tela fina, de colores estruendosos, joyuelas de oro supuesto, miradas altivas. Los hombres acompañaban con cierto desatino, algo torpes en sus andares, pobre ornamento femenino. Paseaban, unos cogidos de la mano, otros separando sus diferencias. Solitarios, alegres, callados,… Y el cielo estaba nublado.
Solo. Bajaba solo por la calle de Gamazo con la cabeza gacha y la mirada clavada en los grises baldosines de la acera, la mirada perdida en la oscuridad de la tierra, dentro, muy dentro. Era una luz entre las sombras. Así lo parecía. “La locura momentánea”.
La fortuna hace aparición en los momentos más inesperados. Un domingo por la tarde en la calle de Gamazo. Un día gris, un billete de mil. Fue la mujer quien lo vio caer del bolsillo de aquel chaval pensativo. Fue la mujer quien lo guardó en el bolsillo de su barato vestido de cuadros. Siguió caminando junto a su fiel acompañante cómplice del malicioso y picaresco robo. Eran sólo mil.
Eran sólo mil. El cielo seguía nublado. La calle se estrechaba sobre la ufana pareja. Gamazo asesina, golpea salvajemente. La muerte brota informe de la fuente de la locura. “Eran sólo mil pero eran mías”.
“¿Qué más dan las consecuencias? Lo esencial es estar en paz con uno mismo. Apacienta tu corazón a través de la locura momentánea. Lo único que tienes que hacer es escuchar lo que siempre acallas. Yo ya estoy tranquilo. Ya se fueron los nervios.”
Miré a aquella ciudad, probablemente por última vez Aquella ciudad donde, los últimos años, había vivido mis momentos más felices y, también, los más tristes Como si de la muerte se tratara, mi alma entristecida, desempolvó los viejos recuerdos allí elaborados y me los ofreció como si fuera una película vetusta y añorada El traqueteo del tren, el incomodo sonido del adiós, se oía a lo lejos mientras amores y odios, ya en otro tiempo padecidos, se superponían en mi mente apretando, aun más, las oscuras cadenas que me unían al pasado Era mi primer viaje en tren y sabía que era el último Mi futuro estaba tristemente resuelto, lejos de aquella ciudad que tanto amaba, lejos de todo aquello que era mío Mis ojos llorosos, mi espasmódico pecho, todo mi cuerpo y mi alma herida se convertían en un grito de dolor que, mudo, rasgaba el aire como si una violenta y feroz anaconda se hubiera enroscado en mi Sólo tenía una idea que me obsesionaba: morir Morir y acabar, de una vez por todas, con este sufrimiento Morir aquí, en este viejo tren, que me aleja inexorablemente del lugar que amo Y ¿qué mejor lugar para morir que este tren? Ni siquiera tenía que pensar en el cómo Todo estaba ya resuelto: sería mi dolor ejecutor Él se encargaría de aliviar mi sufrimiento Todo estaba ya resuelto Era mi primer y último viaje en tren
Abrí los ojos y le vi sentado, observándome Sonreía Yo, también sonreí
Puede parecer un folletín puesto que, lo que aquí voy a revelar, es tan enrevesado e increíble que cualquier inexperto vital podría concluir que es falso, algo propio de las novelas de ficción. Puede parecer inverosímil pero es real aunque desafie aquello que nos han contado desde nuestra más tierna infancia. Es la vida misma. Las relaciones humanas son complejas, entre otros motivos, por implicar a más de un animal. Su complejidad va en aumento a medida que haya más animales implicados y más sentimientos y emociones profundos se pongan en acción. El sentido común nos pone en guardia en el mismo momento en que conocemos a otro u otros animales. Pero ésto no es suficiente para alejarnos porque un impulso irrefrenable, casi extraterrestre, nos empuja más y más hacia la perdición. Hacia la locura. Aristóteles bromeaba cuando dijo que el hombre era un animal social. Adjetivar de esta manera a lo que únicamente es un animal solitario, hundido en su individualidad más miserable y que tiende al vulgar regodeo introspectivo, sólo tiene como fin remarcar, desde la gruesa ironía, la soledad que nos rodea. El mundo, amante de la literalidad, le creyó. Ese mundo pensó que la simple acumulación de animales en un espacio limitado, y sus simples roces, era algo social. Sólo aquellos que conocían intimimamente al estagirita sabían que era una broma, una ingeniosa chanza del genial filósofo.
Pero aceptemos animal social como animal de compañía. Si entendemos animal como persona torpe o ignorante y lo asociamos al término social, el resultado es evidente. Eres tú y yo, este y aquel, esta y aquella. Somos todos. Si quieres discutir, coges a este y a aquel y es suficiente. Que quieres una buena trifulca, coges a este y a aquel más esta y aquella y a otros cuarenta y ya la tienes montada. Que quieres una guerra, organizas una reunión de la ONU o de la OTAN o del FMI o de la OMC. Que quieres el acabose universal, haces la zancadilla al presidente de EE.UU. Da igual quien sea, se va a molestar igual.
Las consecuencias de tener relaciones sociales no siempre acaban con lesiones físicas o aniquilaciones étnicas. Éstas se deben a un avanzado grado de idiocia de sus protagonistas. A medida que uno se acerca al mínimo de inteligencia, esas consecuencias son más sutiles y, al mismo tiempo, más terroríficas. Dentro del umbral de subnormalidad en el que todos nos encontramos, hay personas que han perfeccionado de tal manera sus habilidades interaccionales que dan miedo. Pavor. Forman parte de las pesadillas nocturnas de muchos animales humanos. Sueñan que están en una fiesta multitudinaria con desconocidos animales deseosos de estrecharles la mano e introducirles, de forma capciosa, en la vorágine de su vida. Cuando un animal, perito relacional, pretende decirles cómo se llama, se despiertan jadeando y cubiertos de un mar de sudor. Hay ocasiones en las que este terrorífico sueño se desarrolla hasta el final y, creedlo, no existe nada en este mundo más espantoso. Incluido que te entierren vivo.
Hay que andar con precaución puesto que cualquiera de los animales que nos rodean puede ser uno de esos demonios relacionales. Hay que tener cuidado con cualquiera que se acerque ya que, en mayor o menor medida, todos son peligrosos. Todos. Yo ya he tomado precauciones. En estos momentos de mi vida puedo alardear de no conservar ninguno de mis amigos. Soy, según oigo gritar a mis desconocidos vecinos, un extraño caso de patología social, un apestado. Ahora soy feliz pues estoy solo. Soy consecuente con mi naturaleza.
¡Oh Dios! Me siento como un estupido. Ella está muy cerca, a solo un par de metros, pero la siento como si estuviera pegada a mí, como si fuera yo, como si fuera ella. ¿Qué pensará? ¿Qué dirá? No sé, no sé nada. Soy un jodido gilipollas. Merezco ser el pobre hombre que soy. Yo que sé. La vuelvo a mirar. Ella no mira y aprovecho para rodear su cuerpo con mi mirada, mi hambrienta y sedienta mirada. Recorro todas las partes de su cuerpo sin pudor, sin vergüenza. Mi mente es invadida por imágenes sucias, deseables. ¡Mierda! Me ha visto, me ha pillado. Disimulo. ¡Qué vergüenza! Ella comienza a hablar, mueve los labios suavemente como si estuviera haciendo una mamada. Quiero que me la haga a mí. No sé nada, soy una mierda y ella está hablando de mí. Es una sucia puta que quiere volver a encerrarme. No me chupa la polla, me la muerde y me castra. Escupe mi pene y clava su sádica mirada en mis ojos, retándome. Merece acabar como las otras. Intento levantarme con la intención de regalarle mi odio pero los fornidos muchachos que me vigilan utilizan sus músculos para evitarlo. Ella aparta su mirada y la dirige hacia aquellos otros, que asienten con la cabeza a todas las barbaridades que dice sobre mí. ¡Oh Dios yo nunca haría eso!. Yo nunca mataría a unas pobres muchachitas indefensas. Yo no soy así. ¡No quiero ser así! ¡Por Dios! ¡Escuchadme! ¡¡Cabronazos!!. Oigo un no se qué de muerte seguido por el ruido de un golpe. Me levantan y me conducen por un pasillo que creo conocer. Hay personas con objetos en la mano y sobre los hombros. Me acosan. Me preguntan que qué sentía cuando… no puedo oir el final. Qué más da. Ahora hay menos gente. Puedo respirar mejor, me siento mucho mejor. El pasillo es largo, muy largo. Apenas logro divisar el final. Siento un escalofrío, me estremezco. Miro a mi alrededor y no hay nadie. Estoy solo. ¡Qué raro! Por unos momentos me invade el miedo pero rápidamente vuelvo a sentirme bien, como nunca. Soy feliz. Sigo andando. Parece que estoy llegando al final del pasillo porque puedo percibir una pequeña luz, muy intensa. Déjà vu. ¡Oh! ¡Por el amor de Dios! No puede ser, es imposible. Pero sí, sí es él. ¡Oh, Dios mío! Mi abuelo está allí esperándome, me llama. Sí, abuelo, ya voy. Comienzo a correr. Me voy acercando. Pero no está solo. Unas pequeñas figuras envuelven a mi querido abuelo, le ocultan. Ellas también me llaman pero ahora ya no quiero ir. Porque son ellas. Son aquellas muchachitas de las que hablaban. Aquellas que tanto daño me hicieron. ¡Oh Dios! ¡Me gustaría morir!
Subía una escalera de rugientes maderas cuando escuchó el sonido chirriante de una puerta que se abría. Se inquietó y su boca se contrajo formando un rictus de desesperación. ¿Qué demonio le impulsó a salir de casa a horas tan intempestivas? Ahora sólo le quedaba rezar porque no fuera aquella puerta que tantos temores causaba en la comunidad. Se deslizó en silencio, corazón encogido por el temor, asomando la cabeza en cada curva cerrada mientras en su interior los más terribles lamentos, gritos desgarrados, vientos ssisseantesss, productos de su cobarde imaginación, se convertían a cada momento en peligrosas realidades. Se encontraba agazapado en el rellano de la escalera del tercer piso cuando un impulso irresistible le llevó a introducir su temblorosa mano en el bolsillo interior de su gastada zamarra. Mirando hacia ambos lados, escrutando cada mínimo detalle de las sombras que le rodeaban, esperando que en cualquier instante se le abalanzara la intrigante presencia que presumía, sacó de su bolsillo el paquete de tabaco que le había empujado a abandonar su casa en tan mal afortunado momento. Agarró con fuerza el paquete, cuidándose de no arrugar los preciados cigarrillos, como si de un amuleto se tratara, y se arrastró escaleras arriba con el ánimo reforzado, sabiendo que una omnipotente entidad le acompañaba para enfrentarse a los terribles desafíos que le esperaban entre las sombras del maldito quinto piso del edificio situado en la ruidosa y transitada calle Atocha de la ciudad de Madrid.
Su respiración atronaba, como si fuera un tornado, en el inquietante silencio que le rodeaba. Había llegado a la puerta de su casa, que se encontraba en el cuarto piso, y se sentía a salvo de cualquier peligro, pues, incluso ante un ataque inesperado, su rapidez en introducir la llave en la cerradura, habilidad admirada en todo el vecindario, sería suficiente para encontrarse en su pequeño salón, libre de cualquier infortunio. Mas no es el hombre, animal que siga el camino más fácil. Se encendió un cigarro mientras dirigía una mirada, no exenta de superioridad, a la oscuridad que, como una reina cruel y despiadada, imperaba en el piso superior. Su valor se acrecentaba en la medida en que sus labios aspiraban profundamente el humo que, generoso, le regalaba el dulce ente prensado. Sus rodillas comenzaron a plegarse al mismo tiempo que sus pies comenzaban a acariciar cada uno de los peldaños que se dirigían al final de la escalera. Sus ojos comenzaron a penetrar en la oscuridad, en un primer momento, con la dificultad propia del que no está acostumbrado a bregar entre tinieblas para que, después, se introdujeran con facilidad perfilando los contornos que ocultaban subrepticiamente las sombras egoístas. A la izquierda, en el descansillo, apareció un busto de aires romanos que contrastaba con las profundas y verdosas grietas que surcaban en un caos las paredes de color indefinible. Era un busto de rancio color oro y de mirada penetrante, de viva mortalidad, que ejercía como centurión vigilante de los oscuros misterios que se ocultaban más allá del último tramo. Al doblar la última curva de la vieja escalera, el cigarro se vio impulsado a saltar de la boca que lo consumía.
Allá, en la cima, apareció una figura negra de grandes formas. De rasgos exagerados, nariz ansiosa de batir su propio record, tal era su tamaño, arrugas que más bien eran alargados agujeros negros, ojos de extraña vivacidad, barbilla afilada que apuntaba en tono acusatorio, sombrero alto que alcanzaba el techo, ropa negra y arrugada que se diluía en las tinieblas que la rodeaban haciendo una sola y negra oscuridad. En sus venosas y alargadas manos escondía una bola clara y lisa que ofrecía la única claridad que se podía percibir entre las siniestras sombras amenazantes. En sus labios apareció una torcida sonrisa en forma de despectiva ironía mientras decía:
- ¿Qué es lo que cubre de oscuro temor el corazón de mi joven y apuesto vecino?
El humo que desprendía su cigarro le fue envolviendo, convirtiendo en líneas difusas todo aquello que recorría con sus ojos. La mujer se fue evaporando ante su incrédula mirada mientras que una voz interior le susurraba:
- Tus ojos están cegados por la espesa niebla que has creado. Aparta el humo que te rodea y camina en libertad. Tu futuro es ...
La oscuridad de la habitación se veía afrentada por los haces de luz que atravesaban las rendijas de la persiana. Sus torpes manos se abrieron paso entre las tinieblas hasta alcanzar el interruptor de la lámpara de papel, que reposaba en la mesita de noche. La habitación, pequeña y fría, se iluminó. ¿Qué extrañas imágenes le acechan en sus sueños?. Se levantó con renovada energía apartando el libro de meigas con el que se había dormido esa noche. Mientras lo miraba, sonreía, pensando que no había bruja que le arreglará su estropeada vida. Alcanzó su vista la figura inanimada de la vieja bruja, que aparecía orgullosa encima del estante, acariciando la bola de cristal que adivinaba el futuro. “Tengo que regalarla” se dijo pensativo.
Al cerrar la puerta, se paró unos instantes y levantó la mirada hacia el final de la escalera. ¿Cómo va a ser ese mi futuro?, se dijo riendo. Bajó las escaleras corriendo mientras que la figura de la bruja daba saltos de alegría en la mochila, camino de un nuevo dueño al que se le podía aparecer en sus sueños.
¿Quién la escuchará?