1.
Ayer soñé que mi compañero X me invitaba a una fiesta privada que se celebraba en su nueva casa. Me dio dos entradas de cine por si quería llevar algún acompañante. Va a ser una fiesta muy divertida. Conocerás a gente muy diferente a tí en la forma pero en el fondo sois iguales. Te gustarán. Me alegré de que se acordara de mí. Hacía tanto tiempo que no nos veíamos. Hacía tanto tiempo que no sabía nada de él. Acepté su invitación.
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Soy un funambulista de pasos vacilantes. Mi corazón duda entre ir rápido y lento. No hay nada peor que un corazón dudoso.
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Buenos días, le digo al despertador que marca las 8:00 am entre movimientos compulsivos. Te noto algo nervioso.
Alargo mi mano y rozo suavemente la cabeza del despertador. Con el contacto, una lágrima resbala por las agujas del viejo y cansado reloj. Una lágrima.
Buenos días, buenos días, buenos días, buenos días… Repite mi mente, intentando convencerse de que así será. Me levanto despacio, con las huellas de las sábanas grabadas en mi piel y comienzo a andar hacia el cuarto de baño, paso a paso, sobre la línea marcada. Una vez allí, vuelvo a verle metido dentro del espejo. Sus ojos despiden rayos de luz que absorben mis dos agujeros negros. Sus labios esbozan una sonrisa de bienvenida. Siempre se alegra de verme, siempre. Aparto la mirada, no puedo soportar tanta felicidad.
Otneiserp ol ,aid neub un áres yoh , contesta a mi desprecio.
Mi desprecio le mira incrédulo, encoge los hombros y se marcha. Yo permanezco mirándole y recuerdo la lágrima del despertador.
áres ol euq oruges ,áres ol, afirma de nuevo, con esa seguridad del que sabe lo que dice. Esa seguridad falsa e hipócrita que bebe del manantial de aguas oscuras de la esperanza. Esa seguridad que yo no tengo.
Lo será, le contesto indiferente.
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Vender recuerdos no es, que digamos, un negocio muy boyante. Las personas no están interesadas en comprar recuerdos que no hayan vivido. Se conforman con los suyos propios, aunque sean aburridos y monótonos. No tienen tiempo para escuchar, absorbidos por su trabajo, su familia, sus amigos, sus aficiones, en definitiva, por su vida. Y si quieres comprar un recuerdo has de tener tiempo para escuchar pues no se venden en paquetes o en latas que te puedas llevar a casa. Los recuerdos viajan por el aire como las ondas invisibles del sonido pero, a diferencia de éstas, no se pueden grabar en una cinta de audio porque los recuerdos son algo más. Tienen que ver con los sentimientos.
Yo soy un comerciante de recuerdos. Se los facilito a quien no los tiene, o quiere cambiarlos, a un precio asequible para la economía de cualquier persona y le regalo uno de los mios. Tengo mi puesto en el mercado de la Plaza de España, junto a fruteros y verduleros. Unos alimentan la carne y yo el espíritu. Unos ganan dinero y yo no. Porque no vendo. Porque no me compran. Intentar enriquecer el espíritu de los demás es un mal negocio.
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Mi nombre es Limen Garcés y no soy feliz. De la misma forma que construyo recuerdos para los demás podría construir una felicidad adecuada para mí. Pero es una tarea que me agota. Es tan difícil crear felicidad uno solo. Aunque no desisto. Algún día tendré fuerzas suficientes para ser feliz y poder decir mi nombre es Limen Garcés y ahora sí soy feliz.
Vivo con mis cosas. Zapatos, mesas, libros, televisor, sofá, camas, sábanas y muchas más. Nuestra convivencia es tranquila aunque a todos nos embarga un sentimiento de tristeza e infelicidad. Dentro de los espejos de mi casa vive otro ser. Su nombre es Sécrag Nemil y es, junto conmigo, el que más independencia tiene. En ocasiones me lo encuentro en los lugares más insospechados. Sólo tiene una limitación, los lados de los espejos. Más allá no puede moverse. Tenemos ciertas diferencias de carácter. Nemil es optimista, decidido, valiente. Nemil es feliz. Por eso no le aguanto.
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Me encuentro en el umbral de la cordura. No me atrevo a traspasarlo. Estoy tan cómodo dentro de mi locura que me parece una temeridad. Retrocedo y le comento a mis katiuskas que hoy es día de lluvia. ¡Qué contentas se ponen! Golpean el suelo las suelas de goma y se estremecen de alegría. Si quieres hacer feliz a algo o a alguien ofréceles lo que más desean. Mis Katiuskas sueñan todas las noches con sentir las gotas de lluvia resbalar por su elegante traje de goma azul.
Pero lo que hace felices a unos no tiene por qué hacer felices a otros. Mis zapatos de piel de vaca odian la lluvia.
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Siempre voy por el mismo camino a mi puesto de recuerdos. Me da seguridad pisar las mismas baldosas que pisé los días anteriores. Ellas me reconocen y me acompañan. Cuando estoy triste, me llevan en volandas a dónde quiera ir y si me ven contento, me retienen y charlan conmigo como viejos amigos.
Sé que Nimel también me acompaña y me mira. Lo atisbo entre los reflejos de la calle y de la gente en los escaparates de las tiendas. Intenta pasar desapercibido entre tanto detalle pero noto su mirada fija en mí. Cuando me encuentro con sus ojos, aparto mi mirada y la dirijo a cualquier otro lugar donde sepa que no va a estar él.
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¿Limen?
No estoy acostumbrado a escuchar mi nombre. Mi cabeza acompaña mis pasos con diferentes sonidos y pensamientos, construyendo realidades que me satisfagan o que puedan servir a mis futuros clientes. Sustituyo mis recuerdos por otros que me hagan feliz. Pero no lo consigo. Sécrag Nemil me dice muchas veces que cuanto más pienso, más se me escapa la vida. Dice que vivir es pensar en movimiento pero que yo estoy inmovilizado y sólo pienso. Sólo pienso.
¿Limen?
Sólo era un niño, de pelo negro revuelto y de intensos ojos verdes, que bajaba corriendo las viejas escaleras de su casa, agarrándose con fuerza al pasamanos de madera, cogiendo impulso en cada curva para coger mayor velocidad y salir disparado de aquella casa maldita. Ya en la calle frenó en seco ante la marcha de una muchedumbre que caminaba en silencio. Cientos de personas sin rostro y con las manos atadas a la espalda, atravesaban el infernal ruido de la ciudad con su silencio mortal. Ni me miraban ni me hablaban.
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La había recibido esta mañana. Llevaba un mes en el que no sabía exactamente qué es lo que iba a ocurrir y ahora esa llamada. Al salir de la habitación se vio reflejado en el espejo enfrente de la puerta. No había pasado una buena noche y se manifestaba en su cara. Apenas distinguió su rostro, desvió la cara disgustado.
Vivía con su madre desde hacía menos de un año. Después de casi diez años viviendo fuera de la casa materna tuvo que regresar a raíz de lo que la sucedió. Pensaba que no podía haberlo hecho de otra manera puesto que el amor que la tenía y el agradecimiento por todo lo que había hecho por él durante toda su vida era razón suficiente y poderosa para estar a su lado el tiempo que necesitara. Otra opción hubiera significado una traición. Volver implicó también que tuviera que renunciar, al menos temporalmente, a otros proyectos. Incluido el proyecto con quien consideraba su compañera de vida, la mujer a la que tanto amaba.
Tenía la sensación de que no había sabido explicarlo o que ni siquiera había pensado en que tenía que hacerlo. Le parecía tan evidente que cualquier explicación sobraba. Ahora, sentado en el sofá del salón, con la cabeza apoyada en sus manos, pensaba en la llamada que había recibido a primera hora de la mañana. Qué diría, qué sucedería cuando estuviese frente a ella. Tenía miedo por lo que pensaba que iba a suceder y esperanza por lo que deseaba que sucediera. Pero sobre todo tenía miedo. Sentía que no pudo elegir, que no había opción y que por eso no era culpable. Necesitaba que le comprendiera.
Se hacia tarde. Simón se levantó, cogió la bandolera y se la colgó en los hombros. Al salir se acordó del libro que le regalo hace un par de meses y que había comenzado a leer. Gog de Giovanni Papini. Lo agarró y lo introdujo en la bandolera. Abrió la puerta de la calle. El sentirse en movimiento hacía que dejara de pensar y por eso bajó las escaleras corriendo, dispuesto a no parar en todo el día.
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